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11.- Reflexión. ¿Qué es Aragón?

En el número anterior hablábamos de la exaltación personal mía y decíamos que de no contestar nadie a las preguntas que yo hacía quedaban en pie mis afirmaciones o sea, que realmente no existe en [sic] España como cuerpo unitario, es solamente como cuerpo legendario que quieren que exista; no como realidad puede apreciarse.

La pretensión de unos no cabe a la absorción de la Historia ge­neral de la península ibérica. Mantengo, pues cuanto he dicho y sostengo cuanto voy a decir.

¿Qué es Aragón? Repito ¿Qué es Aragón? ¿Es una simple región de España o es una nacionalidad que engrosa el Estado Español?

¿España es para Aragón o Aragón es para España? Si Cuba y los pueblos americanos fueron para España, ¿no lo es también Ara­gón? ¿España fue nunca para ellos?; ¿verdad que no? Fueron los otros los que se marcharon. Aquí está la síntesis del separatismo legal.

Aquí está la síntesis de los Centralismos del Estado.

La posicón [sic] de Aragón, de Cataluña, de Galicia, de Valencia, de Vasconia y demás es la misma que ofrecían años atrás Cuba y Filipinas sin querer ir más lejos; la misma que ofrece (aunque en sus comienzos) hoy en día, o sea, en estos momentos, Marruecos. No es España para nosotros, somos nosotros para España. La fábu­la, si no se escribiera no se conocería; lo propio ocurriría el día que nos separemos del Centralismo español: entonces España existirá como rumor mitológico... y nada más.

Para que no se me llame exagerado y se vea mi razonamiento en esa clase de materias netamente aragonesistas, voy a transcri­bir varias cosas de don Joaquín Costa, hombre formal y bien do­cumentado que me da toda la razón.

Escuchad ese hermoso canto que expresa lo que es Aragón y que muchos aragoneses ignoran por su temperamento:

«...Aragón, el ídolo de mi alma después de Dios, Patria adorada donde han nacido mis primeras ilusiones y mis primeros tormen­tos; que tienen su Moratón [sic] en Roncesvalles y su héroe, sobre todos los héroes, en Jaime I, y su Filopemen y su Aecio en Lanuza, y su Vicente de Paúl en Ponce de León, y su historiador en el P. Ramón de Huesca, y su jurista en Agustina, y su romancero en Argensola, y su sacerdote en Pedro de Luna, y su representante en el cielo en San Vicente, y su espíritu civilizador en la floreciente

Universidad Sertoriana, tal vez la primera de Europa después de Roma, y su espíritu independiente en sus famosas Cortes, las pri­meras del mundo (Parlamento de Caspe), que tiene su drama escri­to en los muros de tierra de Zaragoza, y su gloriosa epopeya en la nunca bien ponderada Expedición a Oriente, y su misteriosa le­yenda en la Campana de Huesca, y su cuadro sublime en aquella guardia devota a Sertorio, que se suicidó por no sobrevivir a la traición de Perpena, pero que temen, porque recuerda que cuando Europa entera enmudeció ante sus ejércitos, tú sólo tendiste el arco para probarle que esos ejércitos no eran invencibles; patria cuyas montañas repiten aún en perceptibles ecos los últimos gritos de nuestros padres que nos ordenan eterno odio a sus inhumanos verdugos patria mía, terror y rival de Roma, escollo de toda inva­sión extraña, tierra clásica del arrojo, de la independencia, de la generosidad y de la constancia, país que sería patria de Leónidas y de Alejandro si esos personajes no hubieran nacido en Grecia ¡yo te saludo! y así te veas tan feliz como lo fue la Federación hebrea antes de olvidar a su Dios y hablar [sic] la rodilla ante los reyes.»

Terminando el canto a la patria aragonesa, viene ahora a desci­frar lo que fue Aragón y lo que será... «Y sin embargo, antes que los blasones de Aragón y de Navarra, debió borrar los de León y Castilla.

Navarra hizo de Castilla un reino con Fernando I. Aragón hizo de Castilla una gran nacionalidad con Fernando V. De las dos grandes batallas de la reconquista castellana, Catalañazor [Sic] y las Navas, Navarra decidió el éxito de la primera, Aragón de la segunda.

Y sin embargo, Castilla escupe al rostro de los que la formaran y engrandecieran.

Las barras de Aragón regalaron un día a la Corona de Castilla el reino de Murcia, otro día el reino de Sicilia, otro día el reino de Navarra; y, sin embargo, el escudo de Castilla arroja de su lado esas barras en otro tiempo tan temidas por italianos y franceses, por asiáticos y africanos, esas barras que hicieran tributarias a las orgullosas repúblicas de Génova y Venecia y Florencia, que dieron leyes y reyes a Atenas, que conquistaron tantas islas y reinos, que supieron detener un ejército de 200.000 cruzados de todas las na­ciones cristianas en el paso de Perthus, nuevo Termópila, en que ni siquiera falta un Sphialtes.

Castilla no se anexionó a Aragón; Aragón se federó con ella. No la tomó como señora, sino como esposa, y al aproximarse esas dos mitades de España para realizar la gran síntesis del siglo XVI, Cas-tilia, empobrecida por los Trastamara, recibió como dote de su es­poso las Baleares, Sicilia, Córcega, Calabria, el Rosellón, sus dere­chos a Navarra, Nápoles y Atenas, la costa Berbería y su dominio sobre el Mediterráneo...

Los pueblos que olvidan su pasado, mueren y Aragón no puede morir sin que muera España... Aragón no puede morir como Polo­nia; puede resucitar como Hungria...»

¿Hace falta comentario? Creo que no; es don Joaquín Costa quien ha dicho todo eso. Es quien define mejor que nadie la Na­cionalidad aragonesa. Por consiguiente, cuando hablemos de asuntos nuestros por no molestar la santa memoria de Costa y con­tradecirle en su doctrina, para lo sucesivo, diremos asuntos nacio­nales de Aragón en lugar de regionales... ¿Estamos? Adelante, pues! IViva la Nación Aragonesa!

Fuente: El Ebro, 74, noviembre de 1922.
 
     
   
 
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