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13.- ¿Sienten los Aragoneses?

Hace años, unos cuentos, que en estas mismas páginas de EL EBRO, cuando vibraba nuestra primera rebeldía ideológica, flor de nuestros tiernos entusiasmos por la causa del nacionalismo ara­gonés, acompasándolo a un neto aragonesismo sin mezcla alguna nociva y que no por eso dejaba de molestar gradalmente a ciertos prohombres del Aragón reinante, escribí sobre lo mismo que vengo a tratar hoy, manifestando una vez más que los aragoneses no sienten.

Seguidamente me salió al paso el entonces director del periódi­co, el buen amigo Calvo Alfaro en un juicioso y bien elaborado escrito, afirmando que Sí que Sentían los aragoneses; pero que Sentían mal. Así terminó el diálogo por mi establecido, sin otras consecuencias [sic] por parte mía que el silencio.

No tuve otro remedio que callar ante tales afirmaciones por des­conocer la estructura de Aragón; pero hoy que paseo por sus tie­rras y que oigo, aunque no quiera, las fútiles conversaciones de nuestros paisanos, vengo de nuevo a afirmar que los aragoneses no sienten ni bien ni mal. Que conste esta afirmación.

Parece un pueblo degenerado, sin nervio, ni sangre, ni pulso. Nada le conmueve ni le altera; es decir, sí altera: los nervios de los que pensamos y nos preocupamos por las cosas de Aragón.

De sentir mal, nos hallaríamos ante una fuerza sugestiva si se quiere, y afirmativa de algo negativo hacia nuestro ideario con quién combatir y entablar batalla; pero, desgraciadamente, es todo lo contario: es decir, luchamos a tientas, sin saber con qué ni con quién. No tenemos otro enemigo -tal vez sea el más fuerte- que la sordera y la indiferencia de nuestros hermanos. Esta es la pesa­la terrible que sostenemos en nuestros días ¡Qué hermoso es agón visto desde la ciudad condal y qué lastimoso desde aquí

A veces nos traslimitamos en las funciones de periodistas -si es que lo somos- escribiendo irregularidades y cosas que no son ni sentimos por ver la manera de descubrir ojos y orejas que se hallan cerradas; pero ¡ni por ésas!, y tocando a sentimentalismo, ese alimento tan rico para nosotros, menos todavía.

De qué nos sirvió aquel entusiasmo fervoroso para que se cons­tituyera en la capital de Aragón la gran Unión Regionalista y que después de tantos tanteos, idas y venidas, reuniones, conferen­cias, asambleas, llegóse a constituir presidida por el sabio arago­nés y hombre de Ciencia, don Antonio de G. Rocasolano? ¿No es­taban allí concentradas, unidas y reunidas las más diversas tendencias en materia política y social del Aragón existente? De aquel acto cabe afirmar que sí, que sentían los aragoneses: pero al deshacerse aquel bloque como si fuese un azucarillo, demuéstrase todo lo contrario.

¿No fué aquel acto de renacimiento aragonés? ¿No se aprobó Programa de Aragón para llevarlo a la práctica? ¿Sintieron aquellos hombres? ¡No! Sintieron las circunstancias, no las ideas ni los pro­cedimientos a seguir. Y si llegaron a sentir, ¿no son ellos causan­tes, responsables del actuar [sic] decaimiento y desconcierto ara­gonés que vemos en los momentos actuales? ¿No cae, también, sobre nosotros, parte de esta responsabilidad de principios por ha­ber sido nosotros los promovedores de aquella Unión de Zaragoza, por no haber sabido, a su tiempo y en todos momentos, inculcar, recordar, pedir, exigir inclusive a aquellos hombres que elegimos para la dirección del partido el compromiso que tenían contraído con nosotros y con Aragón?

¡Pobre Aragón! Carne de cacique, se te espera nuevamente como tu esperas dinero de los malversadores políticos y de las ideas Aragón se halla en una situación lastimosa, y solamente aquellos mismos hombres que componían la Unión Regionalista de Zaragoza pueden salvarle, si es que siente a Aragón y sienten las ideas. De no sentir, vale más que no salgan; pero sobre ellos caerá la mayor responsabilidad de la desorientación actual.

Fuente: El Ebro, 156, mayo de 1930.
 
     
   
 
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