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4.- Hacia una asamblea. Asamblea Regionalista.

Aragón debe pedir a los Poderes Públicos el reconocimiento de su personalidad política e histórica. Un Estado para Aragón y un Estado de Estados que nos una a todos los pueblos hispánicos.

Volvamos a hablar hoy de la Asamblea de regionalistas arago­neses. No diremos de la necesidad que hay que ser celebre, porque todavía no se ha hecho oficialmente ningún trabajo; todo ha sido mejor esfuerzo personal y las personas aludidas a la proposición están -así lo han manifestado casi todas- dispuestas a ocupar el lugar que se les designe, llevando consigo la representación de su departamento. Y no solamente dispuestas a cumplir, sino que en sus cartas de consulta nos alientan a más poder. Esto es una ga­rantía más que suficiente para prever el éxito de la Asamblea.

Ha dicho desde «El Sol» nuestro querido amigo señor Alaiz, que alguien juzgará nuestras bases tan históricas como las de Manresa para Cataluña. Si no las juzgan, se harán juzgar ellas mismas por su contenido, que deberán ser de un extremado nacionalismo radi­cal, tal como lo piden las necesidades de nuestro pueblo, mofado y ultrajado por el poder central que desadministra los intereses de España.

Deberán ser de un extremo radicalísimo. En ellas debe mostrar-se que el alma aragonesa no ha agotado sus fuerzas físicas, que vive; que vive y está elevada a la misma altura que las demás al­m as geográficas.

Pronto, muy pronto, va a manifestarse en pública Asamblea la personalidad de los aragoneses, desconocida por millares de noso­tros, porque no es con banquetes, con meriendas, con toros y algaradas callejeras que se vindica y se enaltece una personalidad, no; es recordándola sentimentalmente a todas horas; redactando bases para regirse, con fórmulas reconciliadoras: con Constitución para gobernar nuestros intereses: con manifestaciones continuas de aragonesismo, de ese exclusivismo. Con todo eso se hace gran­de nuestra patria, con esa patria que ya muchos aragoneses creen que es pequeña, ¡no! ¡grande y muy grande! No olvidemos aquello más sagrado que recuerda nuestra alma esclavizada por el centra­lismo. El orgullo de un pueblo debe manifestarse siempre y de un modo tenaz. Tenemos una bandera, pues que ondee en nuestros edificios públicos. Tenemos unos fueros, vengan éstos adaptados a la vida moderna de los hombres con reformas sociales; con pro­blemas agrarios; con independencia política como requieren las nacionalidad es que no se conforman a la vida monótona que les da el centralismo.

Aparte de lo sacramental que puede representar una reorgani­zación de fuerzas regionalistas en Aragón, existe la razón de Esta­do, es decir, la de potencia a potencia -porque en este caso, Ara­gón es una potencia-, la razón de una manifestación de un pueblo que vive, que siente ganas de gobernarse, es decir, que late en su cuerpo un deseo de independencia propia. Aparte de todo eso, tal vez fabuloso para muchos -para mí, no- es entrar, y nadie lo podrá negar, a una nueva era de reivindicación social aragonesa, porque el contenido de las bases, serán de un modo para poderlas defender todos lo aragoneses que sientan hijos de Aragón [sic].

Al sentar unas bases, es poner en práctica lo predicado, y todo embustero estará obligado a separarse de nosotros aunque tenga representación, porque la mayor representación es la dignidad del hombre. Estas bases, las que aprobará la Asamblea, serán la tra­yectoria a seguir, marcarán de un modo definitivo el camino del Regionalismo.

He aquí lo que representa la futura Asamblea de regionalistas aragoneses.

Fuente: El Ebro, 16, septiembre de 1919.

 
     
   
 
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