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5.- Nacionalismo y sindicalismo.

Permítaseme hablar hoy sobre Sindicalismo y Nacionalismo, dos problemas importantes para la vida de los hombres y de los pue­blos. Lo haremos con la justa imparcialidad que requieren esos dos problemas de capitalísima importancia, que parece que, aquí, en Cataluña, se disputan su dominio.

El uno es para solventar la marcha secular de los pueblos y el otro sirve para resolver y regularizar la vida colectiva del proleta­riado en general.

Lo hacemos desde las páginas de El Ebro por ser nuestra revista una de las revistas que se publican con verdaderos sacrificios y voluntades, y por ser, a la par, la más modesta de todas las publi­caciones en el orden periodístico contemporáneo, pero que, a pe­sar de su modestia, llega donde no suelen llegar rotativos de im­portancia. Llega a las familias más lejanas privadas del bullicio y algaradas de las grandes poblaciones. Llega a las manos del rura­lista más modesto y práctico; llega a la vista del fatigado labrador, huérfano de ideales y de luchas intensivas que inquieten conti­nuamente su mente. Llega a los rincones más escondidos de la madre patria.

Del problema nacionalista ya hablaremos luego: sabemos so­bradamente lo que significa y lo que representa en el individuo; sentimentalismo. Hablemos del sindicalismo, que es la fuente de hoy día.

El Sindicalismo nos lo presentan como un factor nuevo y mo­derno para la secularización y desarrollo de la vida social de los pueblos.

El Sindicalismo, para lo futuro, será un arma poderosa y de uti­lidad; eso no quiere decir que los hombres, al ver sus defectos (todo tiene defectos en este mundo), lo abandonemos como se abandonan las demás cosas, eso sucederá por el exceso que se hace hoy día del propio sindicato. A la sindicación deberán acudir unos y otros para defenderse. El Sindicalismo se presenta como método moderno, pero reconozcamos que lleva matiz antiguo, fa­ses lejanas (en parte).

El derecho de sindicación no es otro que el derecho de asocia­ción. El derecho de asociación es legal y legal debe ser el derecho de sindicación, el uno con más fuerza que el otro, natural, cuando sindicato quiere decir, en el orden estricto de la palabra, defensa mutua, defensa propia y común.

El Sindicato se presenta como arma nueva y la forma sindical ha existido siempre, aunque no con la práctica y rapidez que creen [sic] implantarla hoy día sus ediles. Las uniones han existido siempre; a eso se debe la formación y progreso de la humanidad; a la expansión natural de los individuos, con más o menos rigor unos que otros, pero los grupos, los primeros grupos, se han ido fortale­ciendo engrosándose hasta llegar a implantar la Propiedad y así sucesivamente, pero todo merced a la sagrada unión. Sobre esta introducción primera llenaríamos docenas de cuartillas, pero como no se trata de naturalizar, sino de demostrar de un modo ligero la significación del Sindicado [sic], guardaremos la mayor parte de dosis para otra ocasión.

Los ediles del sindicalismo catalán, llevando a la cabeza a un verdadero talento en materias ácratas, a Seguí, se comprometen hacer [sic] campaña por toda España, por aquellos pueblos y poblaciones donde la predicación sindical catalana ha sido siempre ahogada y rechazada por la atractiva fuerza del socialismo marxis­ta madrileño, que tantos años de lucha ha costado a su jefe Pablo Iglesias y demás socialistas.

¿Arraigará el sindicalismo expuesto por Seguí y Pestaña en los pueblos diversos de la península? Necesitamos un espacio de tiempo, tal vez algún año, para saberlo, es tan cómodo, camarada Pestaña, decir al pueblo de Madrid que se han sostenido paros de 24 a 28 semanas y el huelguista no ha dejado de percibir de 20 a 25 pesetas semanales! Aquí está el mal peor del sindicado; aquí nos duele a los huelguistas que se nos lance a una lucha indefini­da, como acaba de suceder con las cajas de cartón.

Los sindicatos tienen un atractivo momentáneo, y es la necesi­dad de alimentar el estómago; una vez safisfecho ese estómago, cubiertas las necesidades precisas, ¿no hace presumir que por ins­tinto natural decaiga como todo decae? Presumimos que sí. Duran­te la enfermedad no se ven los defectos; en la convalescencia in­dudablemente que sí.

A un hombre, cuando se le lanza a un paro de tantas semanas, hay que socorrerle forzosamente, que no se vea en la necesidad y vergüenza de llamar a la puerta del vecino, en busca de un men­drugo de pan, porque en estos casos sucede que en vez de enva­lentonarse el hombre se acobarda, se crean odios y crecen recelos, cosa que no debe existir en la perfección humana.

Los ediles del sindicalismo catalán han confesado que realmen­te no era la solución del problema la disminución de horas del trabajo y el aumento en los jornales, que esta norma era solamen­te para irse sosteniendo y hacer frente a los abusos que comete la burguesía, pero que el fin práctico y definido (bastante mal defini­do) era llegar al comunismo: sistema que tiene a establecer la co­munidad de bienes y abolir el derecho de propiedad; ¡magnífico! ¿Qué clase de propiedad, pregunto yo? ¿La intelectual o la territorial?

II

La propiedad dijimos: bien: ¿Podrá llegarse al extremo de su di­solución? Francamente: presumimos que no. ¡Falta tanta instruc­ción en una y otra parte!

Ha dicho Salvador Seguí, desde la tribuna publica de la Casa del Pueblo de Madrid, que en Cataluña no existe el problema catalán sino sólo el problema social a resolver. Eso es falso. No es cierto y lo sabe de sobras el propio «Noy del Sucre». No es solamente el problema del proletario lo que mueve y agita a los catalanes sino también el sentimiento de la catalanidad. Será una apreciación momentánea suya; será a su modo de hacer ver las cosas a los lejanos de esta tierra hermosa y hospitalaria para todos, pero Se­guí, está convencido, convencidísimo que en el corazón de los ca­talanes late su espíritu de reivindicación nacional, y late precisa­mente en el suyo, en sus propios labios se manifestó delante de los madrileños que le escuchaban y aplaudían, que dijo y repitió que él era catalán por lo que pedía tolerancia por su lexismo castellano (eso fue modestia de antemano>.

Esto ha sido tal vez la mayor torpeza de los sindicalistas catala­nes al no querer mezclar las dos tendencias que pueden muy bien ir unidas, aunque Montolíu no lo crea así.

Todo movimiento que se inicie en Cataluña debe ir forzosamen­te unido al reconocimiento de la nacionalidad, de lo contrario, no hallará el necesario ambiente favorable. Así lo hemos visto en to­dos los partidos políticos y no políticos que han querido actuar aquí de conformidad con Cataluña.

El propio Seguí, recuerdo, cuando la campaña pro-Queraltó, dijo, en el Centre Nacionalista Republicá de Gracia, del cual yo entonces formaba parte, que le simpatizaba el partido de la Unión Federal Nacional Republicana por ver allí mezclado lo que él lleva­ba en su propia alma.

No hemos negado nunca nosotros, los nacionalistas, que el sin­dicalismo sea faccioso y contrario a nuestra ideología y factor enemigo de las reivindicaciones patrias cuando como factor pro­gresivo admite toda tendencia avanzada, sea social, sea política. La naturalidad, el origen fecundo no lo podemos negar aunque que­ramos. Aquí ha estado el mayor error de los propagandistas sindi­calistas. Han visto las exclamaciones patrióticas de la burguesía y no han querido darse cuenta de que el obrero, que el proletario en general también participaba de su entusiasmo y de su tristeza.

Ese error, esa equivocación, esa mala interpretación que han dado siempre y esa indiferencia que han querido notar entre el obrero manual y el intelectual, ha sido y es causa de que el movi­miento no sea bien visto por unos y por otros, fracase en algunos puntos y flaquee en otros.

Han prescindido muchas veces del obrero político, del obrero ilustrado y casi siempre han tenido que recurrir a éste en pos de una ayuda. El obrero catalán, ante todo y en su mayoría, es nacio­nalista, pero no rehúsa nunca el derecho legítimo de asociación, cosa [sic] que los sindicalistas niegan el derecho principal de no­sotros. El día que los sindicatos estén bien constituidos y quieran participar de la catalanización o aragonización [sic] de los indivi­duos, éstos se harán fuertes, porque estarán constituidos por las verdaderas bases ideológicas que posee el hombre, mientras tanto no.

No queremos acusar de lleno a los individuos que se sacrifi­can por el funcionamiento cotidiano y atienden lar reclamaciones y quejas que a diario reciben, sino a aquellos que, al rededor [sic] de nuestra emancipación, se han creado una aureola de respeto y han conquistado una reputación elevada y personal. Estos son los ver­daderos causantes de las discordias entre nacionalistas y sindica­listas. La prueba la tenemos en El Centre de Dependents, ¿queréis una prueba, un fuerza más bien sindicada, más viva, que aquellos individuos todos ellos obreros. Allí no hay nada clandestino, y allí son respetados por la autoridad pos individuos de Junta, como lo son en los Montes y Hermandades de socorros mutuos. Allí salen las cuentas claras y es el motivo que halle adeptos y no crea enemigos.

El problema de Cataluña existe aunque los directores del sindi­calismo no quieran. Y existe porque Cataluña da continuas prue­bas de patriotismo.

Al compás de la socialización o sindicación de los hombres, debe venir forzosamente la evolución y el reconocimiento de los pueblos: Nunca habrá hombres libres mientras estén sujetos los pueblos. Cataluña, Aragón, Galicia, Navarra, las Vascongadas, an­helan una independencia, un cambio radical en sus procedimien­tos gubernamentales y estas no accederán ¡nunca! a un movi­miento, aparente, mundial mientras éste no reconozca en su totalidad la independencia de los pueblos.

Sindicalistas:

Si queréis que vuestra doctrina progrese y alcance un elevado respeto por propios y extraños, no elimináis de vuestro programa las reivindicaciones patrias porque estas repito, están pegadas sumamente al cuerpo del individuo que pretendéis emancipar.

La fusión universal se hace imposible mientras Seguí se diga catalán y yo me diga aragonés, ¿no es eso amigos?

Fuente: El Ebro, 18 y 19, octubre y noviembre de 1919.
 
     
   
 
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